EL REVÉS ASOMBRADO DE LA OCARINA
I
Así,
resignado a invernar en los cafés,
a zigzaguear las noches de regreso,
deshilachando meses y proyectos.
Sin tu proximidad alentadora,
ni tu entrepierna donde caerme muerto.
II
Llegar al fin del día con los hombros
gastados por las luces de los ómnibus.
Ir desacordonando los zapatos.
Tirarme a ver el techo de la pieza,
y en manchas de humedad darte captura.
III
Si oscurece,
si de verdad la noche nos sorprende
y se arrodilla a beber de tu entrepierna.
IV
A veces en la noche
me despiertan.
Ladran concatenados y en jardines,
persiguiendo los rabos imposibles,
con las fauces babeantes.
Los he oído:
tu nombre es ese aullido interminable.
V
Este río no muere entre tus piernas,
pero todos los tipos se sumergen,
aunque acaben al fin de cara al cielo
con los ojos comidos por los pájaros.
VI
Volviste
en mitad de la noche,
a devolverme,
el revés asombrado de la ocarina.
VII
En brazos de María, amodorrado,
–no es apología al cristianismo–
sosegado en la calma de sus muslos
Morir,
morirse así, sin más remedio.
Si es cierto que la inmortalidad
consiste en repetir hasta el cansancio
el último aleteo de este lado.
VIII
Peinar a una mujer en la penumbra,
oír el crepitar entre los dientes,
hilachas que descienden serpenteando
y dan en los empeines del descalzo.
Peinar a una mujer en la penumbra,
oírla respirar entre las sombras.
IX
Adoramos a las mujeres somnolientas,
por eso,
cuando menos lo piensan
las guardamos así,
amodorradas:
las guardamos así,
tras de los ojos.
Y cuando no sabemos hacia dónde
tirar el carro, el lomo y tantas cosas,
sacamos de la nada esos recuerdos:
una tiene ambos brazos hacia el cielo,
otra hunde el mentón sobre la palma,
la tercera bosteza y mira al techo.
Pasamos el invierno casi siempre
evocando mujeres somnolientas.
X
Las mujeres se van en el invierno
y los ómnibus nos llevan de regreso
a un punto carilargo en la ventana.
Tramamos el encierro repasando
las cosas que dejaron olvidadas,
y de seguro llueva y bandonéen
las calles, los faroles, las solapas.
Las mujeres se van en el invierno
pesan en el mentón, irremediables.
HACIA DONDE SE PIERDE LO MIRADO
I
Mirar desde la siesta
las ramas amarillas de los plátanos.
Mirar mientras se pueda,
sin saber,
el día que termine esta faena,
hacia dónde se pierde lo mirado.
II
Devuélvanme el que era,
no soy este.
Y me he visto pasar,
miraba el cielo.
Devuélvanme ese cielo por lo menos.
Nocturno
Desde el balcón la noche zigzaguea
detrás de un gato. Guiña un farol
su lumbre amarillenta e imprecisa.
Un caballo tirado de algún carro
va encendiendo los perros de la cuadra.
En la vereda opuesta un velador
arde hasta tarde. Burla las persianas
el melodiar de un tango borroneado
en una radio mal sintonizada.
El viento del sudeste infla la noche,
las ramas esqueléticas arquea.
Tictaquéa el reloj y es del insomne
la fiesta en los manchones de humedad.
Un tren de carga silba en otro barrio.
Otro caballo tira de otro carro.
Cielo plomizo, vaga claridad.
Después de la lluvia
Devoró los paraguas la tormenta,
y escupiendo esqueletos como pájaros
que agitaban sus alas –honda noche–
al pie de un árbol seco o de un farol,
nos traía las horas despiadadas,
el encierro del cuarto y el del cielo,
una musa famélica y una tarde
olvidada de sol en una foto.
Trípode
El bajo del pantalón en el bolsillo de atrás.
¿Quién se hace cargo del perniúnico?
Trípode remonta la pendiente.
Trípode remonta la pendiente.
Trípode remonta la pendiente.
Dromedarios
Vamos arqueándonos a tal extremo
que con la frente nos lustramos los zapatos.
Deshilachados, inapetentes:
buscamos en la pieza
el resplandor de un sueño de la infancia.
La casa está garuando, –esta llovizna
son las piedras perdidas del revoque–
mordiéndonos los huesos con recuerdos.
Y así, buscamos – corvos dromedarios–,
entre una calle y otra,
una veleta, una bala perdida,
para que anide entre una ceja y otra.
SONETANGOS
I
Mientras la Marylin desvencijada
ordenaba las copas con desgano,
al propietario le tembló la mano,
soñando un riachuelo, una enramada.
De los hombros les cuelga otra jornada.
No hay cambio ni botellas y es en vano
querer sentirse un poco ser humano
en esa indescifrable mascarada.
Suenan violín y fueye. Un contrabajo
zumba entre moscas. Cae un cenicero.
El propietario espera algún atajo
desde la muerte diaria al paraíso.
Marylin afiebrada lava el piso,
semiencorvada como un relojero.
II
El propietario duerme –¿quién lo sueña?–
sobre el cajón de la registradora.
El mozo escobillea y a esta hora
no hay propinas, ni copas, ni una seña.
Dando vuelta las sillas no se empeña
en toserse las manos. La demora
no tiene segundero. Inquisidora
la pupila del otro se lo adueña.
El propietario dice que la tarde
será la última tarde. No hay remedio.
El mozo silba y sirve un medio y medio.
Se miran al pasar. No habrá mañana
como en las que el sol retumba y arde.
La cortina enceguece a la ventana.
Del Pelagatos
Sin nada que perder, como un otario,
vitalicio del cuadro de suplentes,
entré en un cafetín, y pedí el diario
frotándole los ojos a los lentes.
Al humo se me vino el propietario
con mala mueca y ojos displicentes.
Mi instinto se acusó de vil gregario,
y él: "¿qué se va a servir?" dijo entre dientes.
Esperó que rascara los bolsillos,
bufando y golpeteando los tablones,
lustrándose el anillo en la solapa.
El mundo es una cueva de ladrones,
ni mártires ni dios ni lazarillos,
le dije, señalándole la grapa.
Mvdeo
Montevideo es esa puta triste
a la que vuelvo siempre. Sometido
a oscuros cafetines donde insiste
en darme lo ganado por perdido.
Un cielo de fregón descolorido
nubla los ojos del que la desviste,
y andando sin andar, el recorrido
se vuelve circular. Cuando le asiste
la mañana de enero lo olvidamos.
Paseamos la pobreza en manga corta
rodeados de jazmines y glicinias.
Y en marzo, una vez más, por las esquinas,
el sueño tropical se nos acorta,
volviendo al viejo carro que arrastramos.
Soneto Umbilical
Creo en tu ombligo –salva, ese es el caso–,
y en la O que circunda tus pezones..
Dormirse entre tus piernas: tres razones
para olvidar el gusto del fracaso.
Creo en tu ombligo –salva– y cuando paso
el día ensimismado en sus rincones
por esta pieza, es As de corazones,
o treinta comodines en un mazo.
Geográfico descanso entre la boca
y el oscuro ramaje de tu vientre.
Voy a sentir tu ombligo cuando entre
tus piernas me derrumbe en un abrazo:
–la piel humedecida nos convoca–.
Tu ombligo serán dos. Ese es el caso.
Del Zurcidor
Ella está rota y él descosido.
Con desconsuelo evitan espejos.
Pálidos, mudos, tristes y viejos.
Ella está rota y él descosido.
Ella, muñeca que ha envejecido.
Él, marioneta con catalejos.
Descoloridos, sordos y viejos.
Ella está rota y él descosido.
No los hamacan los musicantes
de una cajita que era alhajero :
pieza desierta, niño crecido.
Tarda la tarde en el minutero
por más que sueñen verse como antes.
Ella está rota y él descosido.
ASCENDENCIA
Sigue lloviendo
en memoria de Carlos Denis Molina
Dionisio sabe que lloverá siempre.
Va pateando y ahogando perros tuertos,
en un pueblo amarillo de provincia.
En el ranchito rosa, mil hermanos
soplan oscuro caldo hasta entibiarlo.
Se enferman y se pierden y se ausentan.
Pero él crece entre trenes y entre vacas
que mueren al parir medio ternero.
Pero él espera qué. Pero él espera.
En casa todo huele a ropa sucia,
a tierra removida, a cataplasmas.
–La madre está muriendo de pobreza–
Ya nada guarda el eco de aquél circo,
ni el encanto de las ensoñaciones.
La vida es cruda y arde y contamina.
Y no la cicatriza tío Rogelio,
ni el primo con sus diarias convulsiones.
Ni siquiera Serapio, aquél vecino.
Por eso llueve siempre por Dionisio,
que escapa de mandados y fregones;
temiéndole al mugido, a la tormenta.
Trepa a un carro lechero que lo acerca
al horizonte donde van los carros.
Los charcos lo reflejan. Cae la tarde
Siete Locos Lanzallamas
en memoria de Roberto Arlt
Anda Remo a la deriva
chupándose los dientes y escupiendo
pedacitos de dios por Buenos Aires.
Espera en una esquina que se vengan
abajo rascanubes y abogados.
A veces aparecen las figuras
de Elsa y de la renga trotacalles;
o Ergueta con la biblia y el pasaje
donde Yahvé les cuenta a los cristianos
que el Hombre es una cosa sin sentido.
En los claustros discuten el proyecto
de una revolución de la desgracia.
El Astrólogo en su sillón de terciopelo,
como el del parque que se continuaba,
y Haffner con las balas en el pecho,
y Remo con la barca a la deriva:
discuten amparados por la guardia
del Hombre que miraba a la Partera,
la forma de nublar los buenos aires
con aires de fosgeno o derivados.
Barsut sonríe imaginando
un cínico paseo en limusina
por las Jolibudenses bocacalles.
Mientras Remo se vuelve desnorteado
a la pensión donde la niña bizca
ignora con sus pechos puntiagudos
que una bala le busca la cabeza.
Las callecitas de Temperley
tenían ese qué sé yo ¿viste?
Los locos eran siete lanzallamas
soñando con la vida derretida.
Agitando legiones de suicidas,
de rojos y de negros anarquistas.
Hipólita rengueó con el castrado
Y Haffner se quedó sin los burdeles;
cayó con siete balas el gigante,
aquél que vio una vez a la Partera.
Barsut cantó a los canas la movida
y Erdosain murió como moría
con un tiro en el pecho Maiakovski.
Habrá rosa de cobre para rato
pensaban los Espila entusiasmados.
Los locos eran siete Lanzallamas
y Remo una barcaza a la deriva.
Onetti
El paraíso es una cama grande,
para uno solo.
Y una mujer sonando su violín.
Y un viejo entre novelas policiales,
con su violín debajo de la sábana,
para poder mear mientras escribe.
Horacio Cavallo, Ediciones de la Crítica, 2006.